martes, 11 de septiembre de 2018

LA BRECHA SALARIAL NO LO ES TODO


Vaya por delante que me parece un tema complejo de abordar (y mucho más de solucionar), básicamente porque tiene muchas vertientes, muchas aristas y por mucho que abramos debates, desde mi punto de vista, una acción aislada no va a ayudar mucho; puede que sea un punto de inflexión, pero nada más.

La desigualdad de la mujer frente al hombre en el plano laboral y profesional es tan evidente y con tantas pruebas manifiestas que no necesita más aportaciones. Aquí las últimas noticias a este respecto.

Empecemos por la brecha salarial. El salario puede tener varios componentes, puede estar regulado por un convenio o estar fuera de él. Vayamos a lo fácil. En puestos regulados por convenio, a misma categoría profesional corresponde el mismo salario. Hasta ahí, sin más vueltas que la ética de las empresas que puedan catalogar los mismos puestos de trabajo en diferentes categorías.

El siguiente escollo sería si ese puesto, con la misma categoría y (por ende el mismo salario base) se le aplica unos objetivos de productividad, de resultados, etc. Por muy cuantitativos que sean y por muy objetiva que sea la medición, tanto la recompensa como la valoración entra en el terreno de la ética, la cultura empresarial y, en última instancia, de la persona que evalúe.

No hablemos ya si además hay una evaluación del desempeño en base a competencias u otras habilidades, porque ahí sí que la subjetividad campa a sus anchas, a menos que quien lo evalúe tenga muy claro el concepto de equidad, etc.

Ya vemos que por mucho que hagamos los que nos dedicamos precisamente a ajustar los sistemas retributivos, siempre hay un porcentaje de posibilidades de hacer encajar el sistema a los criterios mentales de quien lo aplique.

Sigamos por el “techo de cristal”, que en cualquier caso es la imposibilidad de promoción o el veto a unas superiores aspiraciones profesionales.

Ahí la cosa se pone bastante más complicada, a menos que exista un procedimiento objetivo (¿?) y comunicado; aún con todo, la valoración de candidaturas no deja de tener su parte subjetiva y, en ocasiones, para revestir de objetividad los procesos, se recurre a consultoras externas que también pueden hacer o dejar de hacer en función de su conveniencia.

Aún con todo, si consiguiéramos arreglar el tema laboral, nos quedaría mucho trabajo por hacer; eso sí, ya estaría en otros ámbitos, para mí, igual de importantes que el profesional.

Por ejemplo, el entorno familiar. Reconozco que puede haber un “pez que se muerda la cola” o puede que no sepamos “¿qué fue primero si el huevo o la gallina?” De todas formas, tomemos un supuesto: llevamos a nuestros hijos a la escuela o a la guardería, nos piden que dejemos un número de teléfono por si tienen que llamarnos para ir a recogerles (ya sabéis, la fiebre, etc.) Puede que demos un sólo número de teléfono, y puede que sea el de la madre. Puede que estemos en ese proceso de cambio de mentalidad, y dejemos dos teléfonos, el del padre y el de la madre. 

¿A qué teléfono llamarán primero las personas encargadas de la escuela? 
Lo más probable es que sea al de la madre. 
Puede que tenga una base científica, pero también puede que sea un hábito, creado a partir de patrones culturales que no ayudan en nada a mejorar la situación de la mujer.

También puede ocurrir que las personas que llaman desde la escuela sean mujeres. Y ahí podríamos deducir que el hecho de llamar a la madre, puede incluir algún aspecto “corporativista” o “de complicidad”, no lo sé.

Por no hablar de que con el ánimo de normalizar y equiparar los derechos de hombres y mujeres, muchos padres se están haciendo cargo de su rol, y yo les veo acompañando a sus hijos a la escuela, y les veo jugando con ellos en los parques, o haciendo deporte; incluso he visto alguno acompañando a otros padres al cine a ver la película de “Bichos” correspondiente.

Lo que ya no he visto tanto es a padres pasear el cochecito de sus retoños, cambiarles los pañales o preparar y darles el biberón. Tampoco les he visto comprar ropa para la escuela (bueno cuando se trata de zapatillas de deporte o chándal, ya sí)

Y todo esto ¿a dónde nos lleva?

La idea de este artículo es despertar la conciencia sobre la discriminación de la mujer, y no ya sólo en el plano laboral o profesional, sino como creencia integrada en una cultura y traspasada a través de pequeños (o grandes) gestos de generación en generación.

No nos creamos que cambiando sólo las desigualdades en materia laboral, vamos a arreglar semejante desaguisado. He pretendido demostraros que no; incluso me atrevería a decir que quizá sea lo más fácil, técnicamente hablando.

Tampoco lo vamos a arreglar sólo con un lenguaje no sexista (ahí el idioma inglés nos ha ganado la partida), aplicando perspectivas de género casi imposibles de entender, o acudiendo a tribunales (ya sabemos quién y cómo se escriben las leyes)

Quizá también deberíamos empezar a cambiar esos hábitos en el seno más cercano; en la propia familia. 

Vista de los aseos de una estación de servicio en Finlandia
Y ahora voy a por los tópicos: madres acompañando a sus hijos al entreno, mientras los padres se quedan en casa preparando una cena; padres dejando el trabajo para ir a buscar a sus hijos enfermos al colegio; decisiones compartidas sobre los hijos, cenas de restaurante con amigos y amigas sentados en orden aleatorio, normalidad en las amistades entre géneros (sí, no pasa nada) y un sinfín de pequeños gestos que, estos sí, sólo dependen de cada cual.

Con esto, quizá consigamos tener la fuerza suficiente para cambiar todo lo demás.


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